es sólo un dibujo,
caricaturas al fuego,
desdobladas en muecas
que arañan el rostro.
Entonces,
tu cama
es ya muy grande,
tiene aristas
en sus bordes.
Y la cambias
por una redondita
pequeña y chiquita,
donde arrullarte
tú sola.
Donde no haya espacios,
vacíos, ni ausencias
Donde sí se escucha,
en puro vaivén,
las olas.
Y, por la abierta ventana,
su rumor
su olor,
perfuman el aire
sonriente.
Y, es entonces,
devueltas las sonrisas,
cuando te adormeces.
Ana I. Hernández Guimerá