martes, 29 de abril de 2008

Policromía


Y hay otras veces en que todo se tiñe de colores

El tibio sol baña la tarde de abril y en el jardín el verde de la hiedra se funde con el azul de un cielo al que unas nubes juguetonas le dan el toque velazqueño. Los pájaros pían sin dejarse ver, todos excepto un mirlo que se posa descarado en la hierba recién replantada para comerse la semilla. Los árboles mueven sus hojas perezosamente bailando con la brisa. El perro de la esquina ladra moviendo la cola a lo lejos. Todo comienza a renacer.

Me echo en la tumbona con el ordenador sobre las rodillas y dejo que un suave balanceo me meza. Mi cuerpo, leve como una pluma se empapa de los colores de la primavera, de sus sonidos. En mi cabeza se mezclan los olores del romero, la hierbabuena, los bollos recién hechos en el horno cercano. Me pierdo en este bosque de sensaciones que puebla todos mis sentidos. Cierro los ojos y me dejo inundar por la paz que me rodea. Ahora es el zumbido de alguna abeja y el murmullo lejano de una feria lo que ocupa mi mente.

Un vaso de refrescante té me hace compañía, el olor de la menta llega a mi nariz incitándome a alargar una mano y beberlo, es un sabor suave, cálido, que se desliza por la garganta, impregna mi boca y cuyo recuerdo perdurará, reaparecerá trayéndome la sensación de bienestar que ahora respiro.

Abro los ojos lentamente, me incorporo perezosa para dejar unas letras en el ordenador. Las teclas bailan ágiles bajo mis dedos. Las hojas de los árboles interpretan para mí una danza sensual, la enredadera compite con ellas para regalarme un verde aún más brillante. Las nubes van y vienen dibujando figuras de algodón allá en lo alto. La brisa me envuelve como un manto invisible. Sonrío, la paz lo inunda todo. Plenitud.

© Magda M.

Monocromático


Otro día más amanece la lluvia llorando en los cristales, y el gris es el color que cubre la mañana. Las casas que despiertan, los coches que encienden perezosos sus motores, el perro de la esquina que ni siquiera ladra, hasta los hombres se han convertido en ceniza gris.

Abandono la cama torpemente, mi cuerpo es una gran mole granítica que no obedece a mi cabeza, de hecho ni siquiera sé si tengo cabeza. Apenas puedo empujar las teclas del ordenador, las palabras salen densas, como una espesa niebla que llena la habitación.

El café ha perdido su olor, sólo huele a humedad. Deja el regusto amargo del desencanto en mi garganta, pero éste también desaparece como tragado por la nada. No me quema, ni su recuerdo permanece en mi boca. Sólo el insípido sabor del vacío.

Quiero salir al trabajo pero mi camino se ha borrado, tengo miedo, me encierro, oigo la lluvia aporreando la ventana, persistente, monótona. Orada los cristales sin prisa, abriendo un resquicio por donde inundarlo todo. Lloro. Un viento helado se cuela en la habitación, en mi cuerpo, en mi mente, en mi alma. Me seca las lágrimas. Todo es ceniza. Gris. Nada.

© Magda M.

Querencias


Mira amor, no te asustes.

No necesito a nadie jurando amor eterno

ni planes de futuro compartido,

sólo quiero tus dedos

recorriendo mi espalda,

tus labios

cantándome al oído

tan quedo

que no llego a entenderte,

tus manos

dibujando

los montes y los valles

de mi cuerpo.

Quiero esa obscenidad

que me hace sentir hembra.

El fuego

que me convierte en llama.

Tu fuerza

que reaviva mi sangre.

Quiero empezar a hablar

y que me calles con tus besos,

que no me dejes

meter el mundo

entre las sábanas,

perderme entre tus brazos y tus piernas

y dedicarme sólo

a ser amada.

Quiero olvidar que hay otra vida fuera

enroscada en tu cuerpo,

cogida a tus caderas

mientras deseo

sentir tu sexo ardiente.

Quiero que me regales

el placer infinito

de abandonarme

a tu boca,

a tus manos,

a tu lengua.

Y me

sabes amar

como no lo ha hecho nadie,

sin permitir ninguna interferencia,

ni reproches, ni disputas absurdas,

ni esperanzas baldías.

Sólo dos cuerpos

deseosos de vida y de presente.

Y no temas amor,

sólo eso

necesito,

que me hagas el amor

cual goma de borrar

que limpia sinsabores

mas luego

márchate,

abandona mi cama.

© Magda M.