Mostrando entradas con la etiqueta Textos de otros/otras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Textos de otros/otras. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de febrero de 2012

¿QUÉ ES POESÍA?


Una definición empírica



Morfológica. No hay poesía sin poema. Y algo es poema porque tiene la forma en que lo es. El poema es, antes que todo, un efecto óptico. Se distingue a un poema de otro tipo de escritura porque el ojo reconoce que el autor y el editor no han ocupado todo el ancho de la página, sino apenas una porción menor a la mitad. Generalmente ni siquiera requiere una página completa por poema, sino que desperdicia espacio para varios párrafos que, eventualmente podrían ser uno, dos o tres poemas más. Pero no. Sólo hay un poema por página, así sea de dos renglones (es decir, versos) o uno, y generalmente alineados o tabulados a margen izquierdo.
De modo que puede afirmarse que la poesía es una escritura que no economiza papel, que no es ecológica, pues dice en varios renglones lo que podría decir en sólo uno, dispersa en un libro entero lo que cabría en unas cuantas páginas. Los 1,800 caracteres de una cuartilla, bien administrados rinden para más de veinte páginas de poesía, prácticamente para un poemario entero. (Tal vez debemos suponer que el blanco es parte del discurso, así como el silencio hace también a la música entre los sonidos; aunque no hay música que sea más silencio que sonidos).
El ensayo “A es B” ocupa apenas seis caracteres de esta página, en tanto que en narrativa llena dos renglones o tres renglones y en poesía hasta cuatro o seis:
El poema más minimalista que he podido escribir es éste:
(Cito textual: “.”). Piénsese en todas las metáforas que caben en un solo punto: el universo entero o en cachos, el final de algo importante, el polvo cósmico, la muerte de dios o la referencia a cualquier lugar que requiera ser representado en un mapa. Punto.
El poeta es, entonces, un estratega colmilludo, pues con menos palabras escribe más libros que quienes se dedican a la novela o al ensayo. Su trabajo es más eficiente y eficaz: puede hacer una carrera literaria escribiendo poco y publicando mucho.
Contextual. Contexto es lo que contiene al texto, de modo que la poesía es el contenido textual que le ha sido publicado a un poeta en un soporte reconocido por los influyentes de la literatura como de poesía, así como su lectura en voz alta ante un público convocado con autoridad para ello en un lugar convenido para la poesía. Fuera de esos soportes y espacios no hay poesía. Es como en el arte: sólo es una pieza u obra de arte lo que ha sido curado (o curadurado, debería decirse), catalogado y expuesto o exhibido en un espacio convenido para el arte. Una caja de zapatos es sólo una pieza artística en una galería o un museo, previamente curada para ello. Así también un poema sólo lo es un contexto convenido para poesía, así sea un blog. “A es B” es un poema si y sólo sí es publicado (hecho público en modo impreso o escénico) en el contexto de lo poético.
El medio es el mensaje, la forma es el fondo, el marco es la obra, la edición es el contenido, la curaduría es la significación… Añádase música e imagen a la performación en el lugar poético convenido y tendremos distintas experiencias poéticas con un mismo texto: el violonchelo separa al mundo ordinario del de la alta cultura, el palo de lluvia le puede dar exotismo, el saxofón lo hace cosmopolita…
Relacional. Sólo es poesía lo que es escrito por poetas, aunque no todo lo que escriban sea poesía. La poesía es la escritura propia de quienes se reconocen entre sí como poetas, que a la vez han logrado que los demás o una parte importante o influyente de la sociedad así los reconozcan. De modo que la poesía se clasifica según las maneras en que los poetas se relacionan entre sí, y no con las temáticas o contenidos de sus textos (pretextos). Generalmente los poetas gustan identificarse y diferenciarse entre sí por variables de socialización: agrupándose por fechas de nacimiento, género, lugares de nacimiento y de residencia. Y su poesía se define entonces por esas características.
De modo que la poética o lo poético no tiene que ver con categorías estéticas —belleza o fealdad—, cognitivas —verdadero o falso— ni morales —bondad o maldad—, sino con categorías relacionales: poesía de mujeres, lésbica, de centro occidente, de nacidas entre 1958 y 1964, de la Generación Alfa, revolucionaria, o de jóvenes, de jóvenes muy jóvenes, de jóvenes no tan jóvenes, de viejos no tan viejos, de nacidos en los setenta, transgénerica, del exilio, de los que radican en América, de hispanoparlantes que escriben en francés, o de autores que no tienen más de dos libros publicados, progresista o contestataria. Los límites categóricos de lo poético son tan flexibles como los lazos de los poetas entre sí.
Reputacional. Así como no hay cualidad poética sin obra textual escrita por un poeta, la calidad poética de un texto, el valor de un poema, es proporcional al prestigio de su autor; es decir, al reconocimiento, aprecio y jerarquía que se tenga entre los poetas, sus editores y sus patrocinadores. Es como en el arte: la pieza vale por la firma del autor; no tiene un valor intrínseco sin ésta.
Reputacional. Así como no hay cualidad poética sin obra textual escrita por un poeta, la calidad poética de un texto, el valor de un poema, es proporcional al prestigio de su autor; es decir, al reconocimiento, aprecio y jerarquía que se tenga entre los poetas, sus editores y sus patrocinadores. Es como en el arte: la pieza vale por la firma del autor; no tiene un valor intrínseco sin ésta. 

En conclusión:








.

miércoles, 23 de febrero de 2011

A CADA UNO DE MIS AMIGOS Y AMIGAS


BENDICIÓN


No tengo muchos amigos, que amigos nunca sobran,

pero cada uno de ellos no tiene precio.

Cada uno tiene un abrazo diferente

y un aroma y una risa,

hasta sus caras son diferentes

aunque no tan distintas,

porque todas son bellas.

¿Y sus cuerpos?...también son parecidos,

¿O no son parecidas todas las cajitas que guardan

un bonito y valioso tesoro?

Yo estoy harto de ver en las joyerías esas cosas.

Sólo al abrirlas se encuentra la diferencia.

Cada uno con su calorcito diferente

cada uno con su mirada en ojos bien distintos;

una mirada que es como un espejo tibio.

En él,

te ves mejor de lo que eres

porque te dan lo mejor de cada uno de ellos.

No tendré muchos amigos...pero aunque nunca sean demasiados,

para mi son suficientes.

Y con ellos nunca estás sólo,

todos quedan a la distancia de un pensamiento,

que es menos que a la distancia de una llamada de teléfono.

Siempre están allí donde estés

y si necesitas algo

allí los tienes sin que los llames.

Espantan el miedo; todos los miedos.

Y traen a la casa, cuando vienen,

bollitos de miel y leche

con aroma de azahar.

A su lado abunda el té,

la canela y las estrellas de anís.

Pero lo que mejor saben hacen los amigos es

detener el tiempo.

Lo detienen que es una maravilla.

Cuando casi ni te das cuenta,

ha pasado una eternidad en una tarde

y a veces mucho más.

Un abrazo, para ellos, y un beso

para quienes lo necesiten

en esta noche blanda

febrerina y clara

de luna

llena.

© GATOFÉNIX

FEBRERO 2011

viernes, 25 de junio de 2010

El fenómeno





Transcurría el mes de febrero de mil novecientos cincuenta y tantos en un apacible pueblo de la isla.

Ya bien entrada la tarde la mujer del boticario rompió aguas y con urgencia mandaron a buscar a la partera que vivía algunas casas más allá. Todo se desarrollaba con normalidad, la parturienta se fue preparando, tumbada sobre su cama después de colocar unos hules y algunas toallas donde poder resolver cómodamente “sin manchar mucho”. Era su quinto alumbramiento, el primero lo había tenido en pleno frente durante la guerra, por lo que éste no debería suponer el más mínimo problema. Aunque estaba gordísima, a pesar de las contracciones se encontraba más o menos relajada.

Con paso ágil se presentó pronto la comadrona. Rechonchita, de piel oscura, los pliegues expertos de su cara bordeaban una apacible sonrisa tranquilizadora. Por asepsia enfundó su cabeza en un pañuelo de algodón para cubrir su pelo canoso. Se asomó entre las piernas de la mujer la cual se abrió aún más deseando que aquello se resolviera de una vez. Cuando vio la cabeza del neonato ya asomada al mundo, pudo apreciar el tamaño de lo que allí se avecinaba y su cara cambió del relax a la sorpresa. Buscando la mirada del padre de la criatura

- Esto no es para mí señor, llame rapidito al médico.

Éste se volteó con premura se asomó a la ventana del dormitorio y gritó con fuerza

- ¡El médico! ¡llamen al médico! ¡rápido, por favor, llámenlo!

Casualmente éste subía paseando por la plaza. Al oír los gritos apretó el paso y casi corriendo se presentó en un instante en la habitación. Con mirada experta se percató fácilmente de la complicación, el niño venía bien colocado, aunque por el tamaño de la cabeza se dio cuenta de inmediato que no podría sacar los hombros. Miró raudo al boticario

- ¡Corre, trae un bisturí, tengo que cortar, se está amoratando!

Casi volando, en dos zancadas bajó las escaleras, pero el galeno no queriendo perder tiempo, temiéndose lo peor, decidió no esperar el utensilio. Con sus manos rajó la piel que presionaba al pequeño y con un hábil movimiento giró sus hombros

- ¡Empuja mujer! ¡empuja fuerte ahora!

Lentamente se deslizo entre sus manos y acto seguido pudo escucharse su primer llanto de saludo a la vida. ¡Qué alegría!

Los allí presentes no salían de su asombro al ver el tamaño del recién nacido, cosa que se constató al ponerlo luego sobre la báscula y apreciar como el fiel por poco sale disparado por el otro lado.

¡La criaturita tuvo un peso estimado de casi siete kilos!

Pronto corrió de boca en boca entre la gente del pueblo la noticia que comentaban con tierno sarcasmo

- ¿Te enteraste? ¡La mujer del boticario tuvo un fenómeno!

©Jorgehguimerá 10 abril de 2010


domingo, 13 de septiembre de 2009

POLICROMÍA


Y hay otras veces en que todo se tiñe de colores

El tibio sol baña la tarde de abril y en el jardín el verde de la hiedra se funde con el azul de un cielo al que unas nubes juguetonas le dan el toque velazqueño. Los pájaros pían sin dejarse ver, todos excepto un mirlo que se posa descarado en la hierba recién replantada para comerse la semilla. Los árboles mueven sus hojas perezosamente bailando con la brisa. El perro de la esquina ladra moviendo la cola a lo lejos. Todo comienza a renacer.

Me echo en la tumbona con el ordenador sobre las rodillas y dejo que un suave balanceo me meza. Mi cuerpo, leve como una pluma se empapa de los colores de la primavera, de sus sonidos. En mi cabeza se mezclan los olores del romero, la hierbabuena, los bollos recién hechos en el horno cercano. Me pierdo en este bosque de sensaciones que puebla todos mis sentidos. Cierro los ojos y me dejo inundar por la paz que me rodea. Ahora es el zumbido de alguna abeja y el murmullo lejano de una feria lo que ocupa mi mente.

Un vaso de refrescante té me hace compañía, el olor de la menta llega a mi nariz incitándome a alargar una mano y beberlo, es un sabor suave, cálido, que se desliza por la garganta, impregna mi boca y cuyo recuerdo perdurará, reaparecerá trayéndome la sensación de bienestar que ahora respiro.

Abro los ojos lentamente, me incorporo perezosa para dejar unas letras en el ordenador. Las teclas bailan ágiles bajo mis dedos. Las hojas de los árboles interpretan para mí una danza sensual, la enredadera compite con ellas para regalarme un verde aún más brillante. Las nubes van y vienen dibujando figuras de algodón allá en lo alto. La brisa me envuelve como un manto invisible. Sonrío, la paz lo inunda todo. Plenitud.

© Magda M.

lunes, 13 de abril de 2009

Jardín futuro



Si estuvieras conmigo te gustaría pasear por ese jardín lleno de flores. Me darías pronto un beso junto a las magnolias y me cogerías la mano por la senda de los lirios. La mirada del jazmín no perturbaría la paz de tu sonrisa y unas euforbias me servirían bien para vestirte con mis brazos de piel y de ternura. Después, los pensamientos gozarían al ver nuestro descanso oyendo la cascada: aire y agua. Murmullo. Labios. Tú. Si ese fuera realmente el parque del futuro, el entorno se llenaría al instante de la voz de Rosana cantando "Contigo" (como pasaba en las películas de antes, cuando el cine era de magia todavía). Tras de un beso azul intenso (las lilas, envidiosas, desviarían la mirada) tomaríamos por la vereda de camelias unidos de la mano. Probablemente yo te contaría historias divertidas para poder oír la hermosura de tu risa. Y te diría te quiero dos veces seguidas. No creo que las adelfas se enfadaran porque dejara de mirarlas para sentir tu boca en beso. En tales circunstancias el sol, que se habría dormido un rato antes detrás de una nube, se uniría a la tarde y haría brillar rosas amarillas y tulipanes rojísimos. Quizás estrenásemos tendidos la nueva sombra del tilo de la fuente, donde me gustaría apretarme a tu pecho y preguntarte si desearías como yo que el tiempo se durmiera. Al final, en el estanque de nenúfares, el brillo de tus ojos realzaría los reflejos del agua y al verte todo el jardín sabría quien era allí la más hermosa.

© Pul
Octubre 2000

Si la mar fuese jardín pasearía contigo llenándola de rumores y aromas. Piel a piel, la espuma, arrullaría brillos de azul y luz. Las caracolas sonrientes, observarían, celosas, las caricias resguardadas. Si la mar fuese jardín, olvidaría la palabra melancolía. Si la mar fuese jardín, las huellas, hechas una, prenderían de fuego la arena. Si la mar fuera jardín la sembraría, beso a beso, en olas de almohada.
© Maresía
Octubre 2000

martes, 10 de marzo de 2009

Mentira

Una mentira es una declaración realizada por alguien que cree o sospecha que es falsa o parcial, esperando que los oyentes le crean, ocultando siempre la realidad en forma parcial o total. Una cierta oración puede ser una mentira si el interlocutor piensa que es falsa o que oculta parcialmente la verdad. En función de la definición, una mentira puede ser una falsedad genuina o una verdad selectiva, exagerar una verdad o incluso la verdad, si la intención es engañar o causar una acción en contra de los intereses del oyente. Las ficciones, aunque falsas, no se consideran mentiras. Mentir es decir una mentira. A las personas que dicen una mentira, especialmente a aquellas que las dicen frecuentemente, se les califica de mentirosos/mentirosas. Mentir implica un engaño intencionado, consciente. (Wikipedia)

Montaigne: La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la
escucha.

Proverbio judío: Con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas
de volver.


Juan Luis Vives: Ni la utilidad del mentir es sólida, ni el mal de la verdad
perjudica mucho tiempo.

Lutero: Una mentira es como una bola de nieve; cuanto más rueda, más grande
se vuelve.

Pierre Corneille: Hay que tener buena memoria después de haber mentido.

Wilde: Las preguntas no son nunca indiscretas. Las respuestas, a veces sí.

Churchill: A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto
que eran una dieta equilibrada.

Freud: Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.

Alexander Pope: El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera.

****: La verdad os hará libres

Gracias a Marisa http://enfadatriza.blogspot.com

sábado, 28 de febrero de 2009

Carta a un maltratador


II Premio del II Concurso Nacional convocado por la Asociación
“Juntos contra la violencia doméstica”

****

Para ti, cabrón: porque lo eres, porque la has humillado, porque la
has menospreciado, porque la has golpeado, abofeteado, escupido,
insultado… porque la has maltratado. ¿Por qué la maltratas? Dices que es su culpa, ¿verdad? Que es ella la que te saca de tus casillas, siempre contradiciendo y exigiendo dinero para cosas innecesarias o que detestas: detergente, bayetas, verduras… Es entonces, en medio de una discusión cuando tú, con tu 'método de disciplina' intentas educarla, para que aprenda. Encima lloriquea, si además vive de tu sueldo y tiene tanta suerte contigo, un hombre de ideas claras, respetable. ¿De qué se queja?

Te lo diré: Se queja porque no vive, porque vive, pero muerta. Haces que se sienta fea, bruta, inferior, torpe… La acobardas, la empujas, le das patadas… patadas que yo también sufría.

Hasta aquel último día. Eran las once de la mañana y mamá estaba sentada en el sofá, la mirada dispersa, la cara pálida, con ojeras. No había dormido en toda la noche, como otras muchas, por miedo a que llegaras, por pánico a que aparecieses y te apeteciera follarla (hacer el amor dirías) o darle una paliza con la que solías esconder la impotencia de tu borrachera. Ella seguía guapa a pesar de todo y yo me había quedado tranquilo y confortable con mis piernecitas dobladas. Ya había hecho la casa, fregado el suelo y planchado tu ropa. De repente, suena la cerradura, su mirada se dirige hacia la puerta y apareces tú: la camisa por fuera, sin corbata y ebrio. Como tantas veces. Mamá temblaba. Yo también. Ocurría casi cada día, pero no nos acostumbrábamos. En ocasiones ella se había preguntado: ¿y si hoy se le va la mano y me mata? La pobre creía que tenía que aguantar, en el fondo pensaba que en parte era culpa suya, que tú eras bueno, le dabas un hogar y una vida y en cambio ella no conseguía hacer siempre bien lo que tú querías. Yo intentaba que ella viera cómo eres en realidad. Se lo explicaba porque quería huir de allí, irnos los dos…Mas, desafortunadamente, no conseguí hacerme entender.

Te acercaste y sudabas, todavía tenías ganas de fiesta. Mamá dijo que no era el momento ni la situación, suplicó que te acostases, estarías cansado. Pero tu realidad era otra. Crees que siempre puedes hacer lo que quieres. La forzaste, le agarraste las muñecas, la empujaste y la empotraste contra la pared. Como siempre, al final ella terminaba cediendo. Yo, a mi manera gritaba, decía: mamá no, no lo permitas. De repente me oyó.

¡Esta vez sí que no! – dijo para adentro - sujetó tus manos, te propinó un buen codazo y logró escapar. Recuerdo cómo cambió
tu cara en ese momento. Sorprendido, confuso, claro, porque ella jamás se había negado a nada.

Me puse contento antes de tiempo.

Porque tú no lo ibas a consentir. Era necesario el castigo para
educarla. Cuando una mujer hace algo mal hay que enseñarla. Y lo que funciona mejor es la fuerza: puñetazo por la boca y patada por la barriga una y otra vez…

Y sucedió.

Mamá empezó a sangrar. Con cada golpe, yo tropezaba contra sus paredes.
Agarraba su útero con mis manitas tan pequeñas todavía porque quería vivir. Salía la sangre y yo me debilitaba. Me dolía todo y me dolía también el cuerpo de mamá. Creo que sufrí alguna rotura mientras ella caía desmayada en un charco de sangre.

Por ti nunca llegué a nacer. Nunca pude pronunciar la palabra mamá.
Maltrataste a mi madre y me asesinaste a mí.

Y ahora me dirijo a ti. Esta carta es para ti, cabrón: por ella, por la
que debió ser mi madre y nunca tuvo un hijo. También por mí que sólo fui un feto a quien negaste el derecho a la vida.

Pero en el fondo, ¿sabes?, algo me alegra. Mamá se fue. Muy triste, pero serenamente, sin violencia, te denunció y dejó que la justicia decidiera tu destino. Y otra cosa: nunca tuve que llevar tu nombre ni llamarte papá. Ni saber que otros hijos felices de padres humanos señalaban al mío porque en el barrio todos sabían que tú eres un maltratador. Y como todos ellos, un hombre débil. Una alimaña. Un cabrón.

© FERNANDO ORDEN RUEDA

2º de Bachillerato, de Ciencias de la Salud.
IES Bioclimático. Badajoz.

domingo, 31 de agosto de 2008

Tucán


No recuerdo si fue en la tienda o el veterinario, el caso es que me quedé prendado.
Tampoco recuerdo si lo había leído o me lo habían contado pero sabía que se comunicaban entre sí con un graznido que sonaba a "iieeeego".
Nadie esperaba que lo mirara y muy serio, le dijera "diego...
diiiieeeeggooo!".
El tucán se alborotó y me respondió escandalosamente, ante el regocizo y sonrojo de quién -tampoco lo recuerdo- me lo dió en adopción o me lo vendió.
Habían pasado más de diez años cuando el Tucán, que se había ido
convirtiendo en persona, me dijo que se iba.
Fue triste verle en la puerta, con su maleta preparada -me voy a Valencia, a trabajar en una asesoría- dijo.

© Zoref
Julio 2008

http://www.eldiariodeuncontable.blogspot.com/

lunes, 4 de agosto de 2008

El impreciso color de la luz en la ventana del cuarto de baño del piso superior


No tenía amigo a quien decir adiós. Ni gato. Intentó escribir una nota
explicando el porqué y sintió vergüenza por ser tan patético. Subió al piso superior y entró en el cuarto de baño. No tuvo ganas de ducharse. Tampoco quiso quitarse la ropa. Se sentó en la taza del inodoro. Puso el cañón de su revólver Smith&Wesson dentro de la boca. Apoyó el dedo pulgar de su mano derecha en el gatillo y echó un vistazo a la ventana, una forma sutil de despedida. Quiso imaginar que en el último instante se abrirían los cielos y ocurriría un milagro. Entonces comprendió que las películas americanas le habían convertido en un memoide. Lamentó no haber podido soportar nunca la muermez cinematográfica de Fassbinder o Bergman. Aunque ahora ya poco importaba. Iban a dar las siete de la tarde y no era plan de llegar con retraso a la últma cita. Cerró los ojos. Rin! Rin! Rin! El timbre de la puerta detuvo su mano. ¿Sería el milagro que estaba esperando? Pues no. Era la foca asquerosa de su vecina. Lo cual era literal. Su vecina de rellano tenía una foca auténtica (pinnípeda de la familia de los fócidos) que tenía la costumbre de escaparse de casa y que había aprendido a tocar el timbre con la punta de su nariz. Mientras discutía con el animal apareció su dueña,
dicho sea de paso tanto o más fócida que su mascota, quien antes de volverse para casa le recordó con aquel odioso tono de voz que le salía de su cloaca bucal que debía ya tres recibos de la comunidad y que de seguir así acabaría en el juzgado.
Aún más resuelto si cabe a consumar el acto volvió a subir las escaleras de su dúplex. Entró en cuarto de baño. No se duchó. No se desnudó. Se sentó en el váter. Apuntó su Smith&Wesson contra el cielo de su boca. Tocó el gatillo con el pulgar de su mano derecha. Miró la ventana...y en el momento de cerrar los ojos un brillo extraño lo llenó de asombro y luego una voz poderosa retumbó en el aire: ¡Tente Abrahán! (su nombre era Cosme, pero se
detuvo igualmente) El milagro estaba sucediendo ¡genial! Pero por alguna razón no pudo evitar puntualizar: soy Cosme, no Abrahán. ¡Ah! ¿no eres Abrahán? -inquirió aquella vozota retumbante- entonces me equivoqué de
asunto -añadió- Déjame ver... Cosme, Cosme... ¡Cosme! Aquí está. Pues sí
tengo que reconocer que he cometido un error, en tu caso tenía que venir a decirte que tienes el revólver descargado, te olvidaste de comprar las balas, así que te traigo estas con cabeza explosiva de lo más efectivas y ¡gratis! Es tu día de suerte.
Deshecho el prodigio cargó su revólver. Miró la ventana que empezaba a mostrar el impreciso color del ocaso y cerró los ojos...

© Pul
Enero 2001



domingo, 8 de junio de 2008

Brevísimo


Se miró los pies. No supo qué decir. En realidad no lo había sabido nunca.
Una vez estuvo cerca de atreverse, pero desobedeció su impulso. Desde entonces permanecía en silencio.
Aquella tarde se había sentado en la terraza de un café y como siempre nadie se había fijado en él. Ninguna pregunta. Ninguna respuesta. Así que nadie notó tampoco que sus pies habían empezado a disolverse, luego sus piernas, su cintura...
Una columna de humo se escapó cielo arriba. Una silla vacía. Una señora cansada agradeció el hueco. El camarero acudió veloz...
El mundo no cambió su curso.

© Pul

Julio1999

miércoles, 4 de junio de 2008

Faro de ausencias


Él vive en un agujero negro, al fondo del mismo. Sin saber cómo, le
llega el eco de una voz serena. El recuerdo clava dardos de urgencia
en su cuerpo tatuado por las sombras. Sabe que ella lo llama, corre a
su encuentro pero tanto tiempo de rodillas lo hace tropezar con su
propio miedo…
Allí, al final del agujero se asoma ella, mirándolo desde el siempre,
escuchando sus silencios, reflejando su belleza. Ambos se presienten,
pero es tan difícil no perderse en ese agujero negro… Ella hace de su
sonrisa de luna, un faro, para que él no se pierda en cuevas de las
que cuelgan mil dudas. Tarda en descubrir que su amor ya no titila
como antes.
Colapsa una estrella en la zona de los imposibles...

Alicia Abatilli

sábado, 10 de mayo de 2008

Los recuerdos permanecen


Jardín futuro

Si estuvieras conmigo te gustaría pasear por ese jardín lleno de flores. Me darías pronto un beso junto a las magnolias y me cogerías la mano por la senda de los lirios.
La mirada del jazmín no perturbaría la paz de tu sonrisa y unas euforbias me servirían bien para vestirte con mis brazos de piel y de ternura. Después, los pensamientos gozarían al ver nuestro descanso oyendo la cascada: aire y agua. Murmullo. Labios. Tú.
Si ese fuera realmente el parque del futuro, el entorno se llenaría al
instante de la voz de Rosana cantando "Contigo" (como pasaba en las
películas de antes, cuando el cine era de magia todavía).
Tras de un beso azul intenso (las lilas, envidiosas, desviarían la mirada) tomaríamos por la vereda de camelias unidos de la mano. Probablemente yo te contaría historias divertidas para poder oír la hermosura de tu risa. Y te diría te quiero dos veces seguidas.
No creo que las adelfas se enfadaran porque dejara de mirarlas para sentir tu boca en beso. En tales circunstancias el sol, que se habría dormido un rato antes detrás de una nube, se uniría a la tarde y haría brillar rosas amarillas y tulipanes rojísimos. Quizás estrenásemos tendidos la nueva sombra del tilo de la fuente, donde me gustaría apretarme a tu pecho y preguntarte si desearías como yo que el tiempo se durmiera.
Al final, en el estanque de nenúfares, el brillo de tus ojos realzaría los
reflejos del agua y al verte todo el jardín sabría quien era allí la más
hermosa.

© Pul
Octubre 2000

Si la mar fuese jardín pasearía contigo llenándola de rumores y
aromas.
Piel a piel, la espuma, arrullaría brillos de azul y luz.
Las caracolas sonrientes, observarían, celosas, las caricias
resguardadas.
Si la mar fuese jardín, olvidaría la palabra melancolía.
Si la mar fuese jardín, las huellas, hechas una, prenderían de fuego
la arena.
Si la mar fuera jardín la sembraría, beso a beso, en olas de almohada.

© Maresía
Octubre 20000

martes, 29 de abril de 2008

Policromía


Y hay otras veces en que todo se tiñe de colores

El tibio sol baña la tarde de abril y en el jardín el verde de la hiedra se funde con el azul de un cielo al que unas nubes juguetonas le dan el toque velazqueño. Los pájaros pían sin dejarse ver, todos excepto un mirlo que se posa descarado en la hierba recién replantada para comerse la semilla. Los árboles mueven sus hojas perezosamente bailando con la brisa. El perro de la esquina ladra moviendo la cola a lo lejos. Todo comienza a renacer.

Me echo en la tumbona con el ordenador sobre las rodillas y dejo que un suave balanceo me meza. Mi cuerpo, leve como una pluma se empapa de los colores de la primavera, de sus sonidos. En mi cabeza se mezclan los olores del romero, la hierbabuena, los bollos recién hechos en el horno cercano. Me pierdo en este bosque de sensaciones que puebla todos mis sentidos. Cierro los ojos y me dejo inundar por la paz que me rodea. Ahora es el zumbido de alguna abeja y el murmullo lejano de una feria lo que ocupa mi mente.

Un vaso de refrescante té me hace compañía, el olor de la menta llega a mi nariz incitándome a alargar una mano y beberlo, es un sabor suave, cálido, que se desliza por la garganta, impregna mi boca y cuyo recuerdo perdurará, reaparecerá trayéndome la sensación de bienestar que ahora respiro.

Abro los ojos lentamente, me incorporo perezosa para dejar unas letras en el ordenador. Las teclas bailan ágiles bajo mis dedos. Las hojas de los árboles interpretan para mí una danza sensual, la enredadera compite con ellas para regalarme un verde aún más brillante. Las nubes van y vienen dibujando figuras de algodón allá en lo alto. La brisa me envuelve como un manto invisible. Sonrío, la paz lo inunda todo. Plenitud.

© Magda M.

Monocromático


Otro día más amanece la lluvia llorando en los cristales, y el gris es el color que cubre la mañana. Las casas que despiertan, los coches que encienden perezosos sus motores, el perro de la esquina que ni siquiera ladra, hasta los hombres se han convertido en ceniza gris.

Abandono la cama torpemente, mi cuerpo es una gran mole granítica que no obedece a mi cabeza, de hecho ni siquiera sé si tengo cabeza. Apenas puedo empujar las teclas del ordenador, las palabras salen densas, como una espesa niebla que llena la habitación.

El café ha perdido su olor, sólo huele a humedad. Deja el regusto amargo del desencanto en mi garganta, pero éste también desaparece como tragado por la nada. No me quema, ni su recuerdo permanece en mi boca. Sólo el insípido sabor del vacío.

Quiero salir al trabajo pero mi camino se ha borrado, tengo miedo, me encierro, oigo la lluvia aporreando la ventana, persistente, monótona. Orada los cristales sin prisa, abriendo un resquicio por donde inundarlo todo. Lloro. Un viento helado se cuela en la habitación, en mi cuerpo, en mi mente, en mi alma. Me seca las lágrimas. Todo es ceniza. Gris. Nada.

© Magda M.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Desde la azotea

A veces, escribir es una necesidad. Otras veces los dedos y la mente parecen atrofiarse, y enmudece el alma. Hay ocasiones en que el acto de escribir se convierte en algo tan íntimo que sentimos celos hasta del aire que rodea las páginas, y en otros casos, es tal la necesidad de comunicación que decidimos tenderlo todo en la azotea, para que todos los vientos esparzan cada letra, cada fonema, cada nota, cada verso y cada beso; algo así como si un día todas las tortugas del mundo decidiesen prescindir de su coraza y exponerse al sol, a la lluvia, a la noche a la voz de otros y otras. Algo así, como si ya nada importase lo suficiente como para mantenerlo en secreto, o como si importase tanto que no nos cupiese en el pecho. Mi blog será mi azotea.

Lena
http://blogs.ya.com/hablandoconmigo



domingo, 3 de junio de 2007

Los obtusos


Desde el punto de vista geométrico, y sin atender mucho a razones
morfológicas, existen personas rectas, semirrectas, agudas y
planas, por supuesto sin pretender agotar con este listado todas las posibilidades que nos ofrece el estudio de las figuras.
En algunos casos, cuando la abscisa de la trayectoria vital mantiene una línea que no se curva, al interceptarla en unos ejes cartesianos con la ordenada del comportamiento, obtendremos un individuo coherente.
Si lo vemos girando siempre alrededor de su propio eje de egocentrismo aquél podrá ser circunferencial, secante en el caso en que no tenga más que un punto en común con todos los planos que lo rodean, tangente cuando tocan -a otros planos- pero son incapaces de mezclarse con ellos, poliédricos, convergentes, asimétricos, en fin, es impresionante la variedad de
ejemplares que nos puede ofrecer la fauna humana cuando la estudiamos según las premisas de Euclides.
Pero como yo soy cateto, no definido por la rectitud de mis ángulos -que no son rectos- sino por la palurdez que dibujan mis bisectrices, y como, además, no tengo idea de ciencias exactas, hoy me voy a centrar exclusivamente en los obtusos.
Intentaré demostrar, con una teoría impresentable, que los obtusos oblongan la paciencia - mejor dicho los órganos donde reside la paciencia, haciéndoles adquirir un movimiento pendular muy peligroso- desequilibran la ilusión y finalmente convierten en espacios vacíos el esfuerzo personal.
Siguiendo el método científico tendré que definir obtuso: todo aquel sujeto, de más de noventa grados de estulticia a la sombra, que dedica su tiempo inútil -el obtuso carece de tiempo útil- en convertir los ángulos de sus congéneres en hipérboles de
frustración.
Los obtusos constituyen una casta geométrica en expansión, hacen más ruido del permitido, ensucian calles y aceras, circulan con escape libre, adelantan por direcciones prohibidas, acometen obras que luego "desacometen" cuando tienen posibilidad de mandar, creen que sus brazos abiertos, casi hasta 180º, están en esa posición para recibir, hacen trampa cuando pueden, intuyen que todos los demás son trapezoides sin capacidad de reacción y nunca utilizan el semicírculo para medirse y saber de ese modo si se están convirtiendo en super-obtusos del género depredador.
Los obtusos fastidian la convivencia entre las figuras, convierten
equiláteros equilibrados en isósceles que echan espuma por la boca y cuando redactan lo hacen de este modo: " Faltaba apenas un día para su aniversario de 18 años. Blanca de Nieve fuera siempre muy bien cuidada por los enanitos. Ellos le prometieron una *grande* sorpresa para su fiesta de compleaños. Al entardecer, llegaron. Tenian un brillo incomun en los ojos...", luego ponen un título sugerente, como por ejemplo "Ha Ha Ha" y convierten su obra magna en un virus informático.
Los obtusos ignoran, no les importa el conocimiento, que con sus acciones truncan esfuerzos ajenos, que proyectos acunados a lo largo de mucho tiempo nunca verán la luz, dejando en los autores un sentimiento de impotencia y con el alma opuesta a sus vértices. Los obtusos no deberían ser geométricos y si pudiese los convertiría en simples funciones, haciéndolos pasar por una
máquina trigonométrica de hacer picadillo.
© Daniel Molini

sábado, 26 de mayo de 2007

Sirena, la cazadora de penas

Esta narración es un poco larga, pero les aseguro que si la leen no se arrepentirán. El dibujo que ilustra la foto fue hecho por una alumna que se prendó, al igual que otros muchos, de Sirena.



Sirena era soñadora, siempre lo había sido. A menudo su madre contaba la anécdota de cuando, teniendo todavía cinco años, se empeñó en fabricar una jaula con plumas de paloma y pelos de gato para meter en ella las pesadillas, los malos sueños y las penas. Recordaba también la madre de Sirena como, viendo a su hija atareada buscando, recogiendo, escogiendo, tejiendo plumas y pelos y sueños, la nube de tristeza que desde hacía unos meses se había posado en la mirada de su marido, el padre de Sirena, pasó. Y la alegría con que Sirena paseaba su jaula, ya terminada, afirmando haber capturado todas las penas que asolaban a su padre. Sí, Sirena era soñadora.

Pero esos mismos sueños eran los que a menudo le provocaban incertidumbres y tristeza. Le costaba entender por qué no podía ponerse su jersey favorito, una prenda de cuello alto desproporcionadamente larga para su frágil cuerpo, cuando iba a casa de su abuela. No entendía las explicaciones que sobre apariencias y decoro en el vestir su madre argumentaba. Tampoco comprendía por qué no podía decir lo que pensaba, lo que creía, lo que opinaba. Sirena soñaba e imaginaba un mundo donde cada cual pudiera mostrarse tal cual fuera, sin temor a lo que los demás pudieran pensar, sin sentir el peso de las miradas ajenas juzgando al prójimo.

A Sirena, además de soñar, le gustaba viajar. Ya de niña acostumbraba a dormirse abrazando un atlas de geografía por osito de peluche. Cuando le preguntaban qué sería de mayor respondía, inexorable, viajera y cazadora de penas. Sus padres solían sonreír ante las ocurrencias de Sirena, pero al comprobar que mantenía su propósito de viajar cazando penas bien entrada la adolescencia, empezaron a preocuparse.

- Sirena, hija mía - le decía a menudo su madre - ¿ no crees que es ya hora de empezar a pensar qué querrás de la vida?

A lo que Sirena siempre le respondía:

- Mamá, hace ya muchos años que sé lo que espero de la vida. Poder viajar, conocer gentes, alegrarles el corazón y que me lo alegren, y sobre todo, mamá, no arrepentirme jamás de nada de lo que haga.

La madre de Sirena se desesperaba cada vez que hablaban de ello. No entendía la ingenuidad de su hija, ya casi adulta, y le asustaba pensar que sería de Sirena cuando ella faltara. Por eso, el día que Sirena le anunció que se iba de viaje, que tenía que empezar ya a trabajar, a conocer gentes y a cazar penas, su madre se quedó atónita, sin reaccionar. Fue al día siguiente de cumplir dieciocho años, recién estrenada la mayoría de edad.

- Te prometo, mamá, que tendré cuidado. Te prometo que no haré daño a nadie conscientemente y que intentaré ser feliz. Y como no deseo que sufras, que te iré contando cosas de todos los lugares y gentes que vaya conociendo.

Y sin esperar respuesta, besó a su padre en la mejilla, se abrazó a su madre y, sin volver la mirada, se perdió por el largo pasillo de la que durante dieciocho años había sido su casa, camino de su nuevo hogar, el mundo, vestida con su viejo jersey de lana. Sirena llevaba el atlas debajo del brazo y una pequeñísima mochila por todo equipaje, de la que colgaba la jaula que trece años atrás construyera.

Pasaron meses hasta que la madre de Sirena recibió noticias de su hija. Cuando ya temía lo peor, cuando terribles pensamientos asolaban su sueño noche tras noche, la esperanza llegó dentro de un sobre con matasellos de un país centroafricano. En la carta, Sirena contaba todas las peripecias vividas para llegar a Costa de Marfil a bordo de un mercante rumano. Explicaba como conoció en Glasgow al capitán del barco una noche de luna llena paseando por el puerto. También le decía como él, agradecido por haberle quitado la pena que le acompañaba desde que enviudó, varió el rumbo de la nave para llevar a Sirena hasta Abdijan. Seguía la misiva explicando como había conocido, en un maravilloso lugar de la selva tropical, unas gentes que también cazaban penas. Le contaba, sin que su madre entendiera nada, las grandes diferencias en la manera de cazarlas. Decía que si bien ella siempre prefería capturarlas a la luz de la luna, a poder ser en noches de luna llena, los Ngmananis lo hacían siempre al alba. Salió a cazar con ellos muchas noches y, entre otras, pudo capturar una maravillosa madrugada del mes de agosto la pena de la sequía, después de semanas persiguiéndola. Contaba también la carta como, tan pronto consiguió meterla en su jaula, empezó a llover, y como la selva y los animales le agradecieron el esfuerzo de tantas noches en vela mostrándose de repente en todo su esplendor.

Le confesaba sentirse feliz, orgullosa de ser como era. Terminaba la carta contándole los preparativos de su próxima partida. Se dirigía hacia el norte, ya que había oído hablar de unos tuaregs que también cazaban penas, pero de día y con unas trampas de arena. “¿Cómo lo harán para encerrar las penas en jaulas de arena?” era la pregunta con la que terminaba la carta.

Mientras esto ocurría, Sirena estaba ya muy lejos de las selvas de Costa de Marfil. Partió hacia Níger acompañando a un geólogo, conocido unos meses atrás y al que también le cazó un par de penas. Denís, que así se llamaba, vivía triste. Apenaba su espíritu la incomprensión de su abuelo, un rico y afamado joyero francés, para quién el título en geología de su nieto no era más que un aumento de prestigio en su estirpe. Denís había abandonado París con la amenaza de su abuelo de desheredarlo si no regresaba antes de un año a hacerse cargo de todos los negocios, y vivía aprisionado entre escuchar a su corazón y su pasión por descubrir nuevos minerales y la fidelidad al mundo de seguridades que París le ofrecía. Sirena fue cazando una a una, con paciencia y cariño, casi todas las penas que el alma de Denís albergaba. Le cazó el miedo al futuro acompañándolo en largas contemplaciones de la vida de la selva, haciéndole notar cómo siempre el mundo proporcionaba, a quién supiera verlo, medios suficientes para subsistir. Le cazó también el miedo a la muerte, despacito, haciéndole preguntas sobre la naturaleza de las piedras. Fue el mismo Denís quién, guiado por las preguntas de Sirena, terminó por comprender que él mismo sería algún día parte de aquellas maravillosas estructuras geométricas que tanto admiraba. Pero Sirena estaba un poco triste, porque por más que lo había intentado, no había logrado cazarle a Denís la pena que le provocaba el miedo a ser feliz. Porque Sirena, sin comprender bien la razón, se había dado cuenta que la mayoría de las personas sufren miedo, pánico a ser felices, a que sus sueños se transformen en realidad. Persiguiendo esa pena que no lograba cazar, que se le resistía y que a menudo ensombrecía el rostro de Denís, termino por acompañar al joven en todas sus idas y venidas.

Dos años después de recibir la primera carta, la señora Calper, la madre de Sirena, se asustó al recoger la correspondencia. Había en ella un sobre, con matasellos de París, escrito a máquina y con unas letras barrocas impresas de difícil lectura. Asustada, temiendo lo peor, abrió ese sobre de cualquier manera. Pero eso no hizo más que aumentar su desazón, ya que la carta que intentó leer resulto del todo ininteligible para ella. Estaba escrita con absoluta claridad, a máquina, ¡ pero en francés ! Convencida que aquella misiva tenía que ver con su hija, esa misma tarde acudió a un traductor averiguado en el listín telefónico. Después de pagar tarifa triple por quererlo para el mismo momento, salió del despacho del traductor y ni tan solo esperó a llegar a la calle. Allí mismo, en el rellano de la oscura escalera, abrió el sobre que contenía la traducción y halló el siguiente texto.

París, 17 de Octubre de 1997

Apreciados Srs. Calper:

Ante todo disculparme por el atrevimiento de mandarles la presente sin haber sido ni tan sólo presentados, pero las circunstancias así lo han querido. En segundo lugar, presentarme. Soy Maurice Lavignon de la Croix, abuelo, como por el nombre deducirán, de Denís Lavignon, el novio de Sirena. El motivo de la presente no es otro que hacerles comprender lo inútil de las pretensiones de su hija y de mi nieto Denís. Puedo asegurarles que si se mantienen firmes en su propósito, les espera una vida llena de miserias y de calamidades, ya que nada haré por hacerles la vida mas fácil; es más, daré a mi nieto Denís por muerto igual que en su día tuve que hacer con su padre.

Ahora bien, si ambos son razonables, si atienden a mis propósitos y deciden de una vez por todas dejarse de soñar imposibles, les garantizo que tanto el futuro de ustedes como el de su hija Sirena estará por siempre solventado. Apelo pues a la autoridad que a buen seguro tienen ustedes sobre su hija para que le hagan ver lo inútil de sus propósitos.

En la seguridad que comprenderán los motivos de esta carta y de que no despreciarán el trato que habrá de cambiar sus vidas, quedo a la espera de sus noticias.

Firmado: Maurice Lavignon de la Croix.

Lo único que la carta disipó en el ánimo de la señora Calper fue la angustia que había provocado pensar que a Sirena le hubiera ocurrido algo. Al menos estaba viva, pensó, metida en buen lío por lo poco que podía deducir, pero viva. Por lo demás, resultaba un jeroglífico. Hacía más de un año que no recibía noticias de Sirena, y jamás había oído hablar de ningún Denís. Le extrañó mucho no haber recibido noticias de ella en el sentido que la carta anunciaba. Recordando a su hija, su tozudez por decir siempre lo que pensaba, su tesón por lograr su sueño de convertirse en cazadora de penas, la señora Calper rompió la carta y su traducción, arrojo los papeles en un contenedor de basura, y regresó andando hacia su casa, tranquilamente, como hacía años que no paseaba, con una enorme sonrisa puesta, pensando que quizá aún estaba a tiempo de aprender a tocar el violín, aquel sueño que un matrimonio precoz había interrumpido hacía años.

En tanto, Sirena y Denís, ajenos a los maquiavélicos movimientos del Sr. Lavignon, empezaban a acusar el peso de la rutina. Sirena había seguido a Denís hasta París, olvidando temporalmente a los cazadores de penas del desierto, a los que no logró conocer, empeñada como estaba en cazar la pena, la última, que asolaba el corazón de su amigo. Por otro lado, Denís no sabía vivir ya sin Sirena a su lado. Las largas contemplaciones de la luna y las estrellas bajo el cielo africano, la madurez de mujer mayor mezclada con la ingenuidad de niña que Sirena tan bien aglutinaba, su dulce voz y su infinita paciencia, terminaron por cautivar al geólogo.

Pronto abrió su corazón a la mirada de Sirena; le contó sus sueños y su sueño, el importante, el que toda persona siente en algún momento de su vida y que, demasiado a menudo, casi todos olvidan, el principal: Hallar una mina de diamantes que ya en tiempos de los faraones existía bajo las arenas del desierto, cerca de Abu Simbel, la ciudad egipcia a orillas del Nilo. Con Sirena le resultaba sencillo hablar de ello; es más, hablándole descubría nuevas posibilidades a su proyecto, lo enfocaba desde perspectivas que nunca antes había utilizado. Por eso, cuando estaba a punto de cumplirse el año de su marcha de la capital francesa, le pidió que le acompañara. Le aseguró que era cosa de semanas, a lo sumo de meses, convencer al abuelo y regresar. Afirmaba sonriendo que así conocería París, la ciudad de la luz, la capital del mundo. Sirena, que aún percibía la sombra de la pena ondeando en las pupilas de Denís, aceptó con un beso la invitación.

Pero cada día que pasaba pesaba como una losa en los corazones de ambos. Al principió la novedad de la ciudad, el tener que acostumbrarse a un medio casi olvidado para ella, le ayudó a soportar mejor la tristeza que veía en la mayoría de los ojos que miraba. Eso le desesperaba. Jamás había sido consciente del enorme trabajo que quedaba por hacer. ¡ El mundo civilizado estaba casi por completo en manos de las penas ! No había cordialidad en sus habitantes; por la calle la gente se gritaba y se insultaba al más mínimo roce. Nadie hacia nada por nadie.

Tomo por costumbre llevar a comer cada día a la casa que compartía con Denís a alguna de aquellas personas que, ya sin fuerzas para luchar contra las penas, vivían ajenas y ausentes, ignotas para el resto de transeúntes. Compartían con ellos su comida, les cazaba alguna pena, no tenía tiempo para todas, la más grande, la que con mayor fuerza oprimía sus gargantas sin dejar que la voz de la felicidad saliese, y los despedía mostrándoles la jaula hecha de plumas de paloma y pelos de gato, a modo de garantía de que esa pena nunca más volvería a importunar el corazón de los visitantes.

Una mañana, recién estrenado el día, mientras observaban juntos desde el balcón la llegada del alba, como venían haciendo desde que empezaran a compartir camino en Africa, Denís le pidió que ese día no llevara a nadie a comer a casa.

- ¿ Porqué ?

- Porque viene a comer el abuelo Mauricio. Quiere conocerte. Le he dicho que nos vamos a casar.

Sirena, en aquel momento, sintió lo que jamás antes había experimentado. Empezó por notar unas cosquillas, suaves al principio, en el lado izquierdo de su vientre. A continuación, con la mirada perdida por encima de los techos de París, le pareció que las cosquillas subían hacia arriba, pero que ya no eran cosquillas, sino dolor, un dolor que lenta e inexorablemente envolvía su corazón y se propagaba por sus costillas, por su esternón. Quiso tragar saliva y no pudo. ¡Tenía la garganta cerrada! Tampoco podía hablar. Un leve mareo empezó a mecerla, cada vez con mayor insistencia, hasta que tuvo que apoyarse en la pared. Sus rodillas temblaban, pero ella no era consciente. Intentaba escuchar, sin lograrlo, las explicaciones que Denís, sonrisa en los labios y gesticulando, lanzaba a la fría mañana parisina. Cuando las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, Sirena estaba ya sentada en el suelo de la terraza, ajena a cuanto le rodeaba, convencida de haber sido cazada por primera vez por una pena: descubrir que Denís decidía por ella, que la consideraba suya.

Continuará..........

A las dos semanas de dejar a Denís, Sirena encontró una buhardilla en el barrio latino. Era pequeña, muy pequeña. Sirena tenía miedo de vivir en una casa grande. Miedo a que, habiendo tanto espacio, cupiesen aún más tristeza. Pensó que en una pequeña buhardilla, un apartamento de una sola pieza donde casi ni cabían la cama, la jaula, el atlas y la melancolía de perder la amistad de Denís, no habría lugar para más penas. Estaba desconcertada, pues sentía aun en su costado aquel dolor, como un pellizco del alma oprimiendo su corazón, esa opresión que le negaba la sonrisa y que le impedía disfrutar de la maravilla de la vida. Sirena se dio cuenta que tenía miedo a las penas. Se había dedicado durante más de dos años a cazarlas, imprudente, inconsciente, temeraria. Las cazaba, como una vez le dijera el jefe de la tribu de los Ngmananis sin que ella lo comprendiese, ajena al sedante veneno de su mordedura. Hoy si lo comprendía. La apatía se había instalado en su corazón y gobernaba su alma. Muchas mañanas ni tan solo se levantaba a mirar el nacimiento del nuevo día. Salía a la calle ajena de sí misma y de los demás. El miedo guiaba sus pasos y susurraba en su alma. Miedo a las penas, esa era la realidad. Ella, convencida de ser cazadora de penas, de repente no se atrevía a mirar a la vida de frente. Cuando la apatía y la desgana invaden el espacio destinado a dejar que la vida nos sorprenda, el miedo se convierte en único consejero.

Una mañana oyó que alguien la llamaba por su nombre. Era una mujer que acudía hacia ella con una sonrisa brillante en su rostro. Sirena no recordaba ese brillo de ojos ni esa alma sonriente que le ofrecía una mejilla al besarla.

-¡Sirena, que alegría, te suponía lejos de París!- exclamó la mujer.

Sirena seguía sin recordar. Intentó que acudiesen de su memoria todos los rostros que había conocido en París, pero ninguna mirada era tan brillante como aquella.

-Espero que sigas teniendo encerrado en tu jaula el miedo a vivir en soledad -continuó la mujer. Desde que cazaste esa pena, desde que comprendí con tu ayuda que un rostro ajado, sombrío y triste es casi invisible para el mundo, mi pena y mi miedo se fueron diluyendo y hoy ya no son ni recuerdo. Tenías razón, Sirena, cuando me decías que buscase lo bueno que hay en mi para ofrecerlo a los demás en lugar de entregar la amargura de la pena y el miedo. Ya no me asusta la idea de estar sola. Desde que el miedo a estar sola abandono mi corazón, desde que aprendí a quererme en lugar de esperar que me quisieran, vuelvo a tener amigos. Ya no me asusta no tenerlos, y acaso por eso los tenga. Me ayudaste a comprender que la soledad es como un viejo violonchelo. Si lo cuidamos y lo limpiamos y aprendemos a conocerlo y a acariciarlo, su alma nos regala la más dulce de las melodías. Pero ¡ay! del músico que lo abandone en oscuro rincón. Sus cuerdas se destensan y desafinan, su vientre se cubre de polvo, su clavijero se niega a girar y cuando queremos darnos cuenta se ha convertido en un monstruo enorme y gris que gruñe y gime en vez de cantar.

-Creo que mi violonchelo quedó abandonado al alba de un amanecer, una fría mañana de invierno.

-¿Como dices, Sirena?

-Te conocí tan apagada que no he podido reconocerte hasta que me has contado tu historia. Tu mirada es otra. Celebro saber que has logrado ocupar con esperanza ese rincón que la pena ensombrecía. Hoy, la mirada que no ve es la mía. La sombra de la tristeza oculta mis sueños, y el miedo me acompaña. París se ha convertido en la jaula gris y monótona que me recuerda a cada momento el camino que perdí. Y lo peor de todo es que no sé como salir.

-Sueña, Sirena, sueña.

-No me atrevo a mirar a las penas a los ojos. Temo no poder vencerlas.

-Sueña, Sirena, sueña. Vuelve a tu libro, toma tu jaula, vuela.

La mujer prometió visitar a Sirena esa misma noche, en su buhardilla. Llegó a tiempo de ver, a través de la pequeña ventana que ventilaba los miedos de Sirena, el sol escondiéndose detrás de los tejados parisinos. La presencia de la mujer animó a Sirena. Le habló de su tierra, de sus gentes, de la luz de un cielo azul como el azul de unos ojos limpios, y del mar. Sobre todo le habló del mar. Le pidió que cerrara los ojos e imaginara, sintiese, la caricia de una arena negra en sus pies, el beso de un agua limpia y salada llegando a sus tobillos. La tomó de la mano y juntas pasearon por una playa llena de esperanza y tranquilidad.

En el momento de irse, la mujer dio a Sirena un pequeño paquete. En su interior encontró una preciosa caracola marina. Era tan bonita, tan brillante, tan suave al tacto que Sirena le dijo que no podía aceptarla.

-Quédate con mi regalo, Sirena. Yo ya no la necesito. Tu encerraste mi pena en tu jaula, y me gustaría tener también yo otra jaula donde poder capturar la tuya. Pero no la tengo. Acepta mi caracola. En las largas noches de soledad, antes que cazaras mi tristeza, cuando mi corazón ni tan solo podía oír sus latidos, el murmullo de esta caracola me arrullaba. Que esta caracola libere tu alegría como tu jaula prendió mis miedos y mi melancolía.

Sirena, aquella noche, se durmió con la caracola pegada al oído y abrazada a su atlas, abierto por la página en la que la mujer le indicó el lugar de donde procedía aquel tesoro marino. Por primera vez desde que la pena de ver como Denís la consideraba suya en vez de su amiga atenazara su garganta, Sirena no tuvo pesadillas. Aquella noche, Sirena durmió acunada por el regresar de las olas. Aquella noche, Sirena soñó con una playa de arena negra llena de gaviotas que le susurraban canciones y secretos al oído, gaviotas llenas de vida que con sus picos la elevaban por encima de las olas. Aquella noche, una sonrisa volvió a iluminar el rostro de Sirena.

La mañana la sorprendió aun soñando. Estaba en pleno vuelo, bailando en el aire, jugando saltar, como hacían sus amigas, las gaviotas, sobre el blanco colchón de nubes, cuando de repente sintió que caía. Y debajo de las nubes no aguardaba el mar. Debajo las nubes, la esperaba otro colchón, no de algodones irisados por el sol, sino el colchón de la realidad de tristeza y apatía de la buhardilla parisina. El atlas seguía abierto por la misma página en que lo dejara antes de dormirse. Aun creía poder oír las risas de las gaviotas. Aun le parecía escuchar su nombre brotando de sus picos. Todavía tenia el olor de la sal en su pelo. Sentada en la cama, mirando el viejo atlas descolorido, entendió que había llegado la hora de dejar atrás París. Sabía que esas gaviotas que la habían acompañado en sueños la estaban esperando. Esa mañana Sirena se vistió su viejo jersey de lana, sacudió el polvo de su jaula y las dudas de su corazón, y echó a andar rumbo al mar. En algún lugar encontraría algún marinero que quisiese contarle como llegar a esas playas de negra arena y roca volcánica. Quizás incluso lograra conocer quién supiera de esas gaviotas que reían y hablaban y jugaban a saltar sobre el blanco colchón de unas nubes que a Sirena le recordaban el vientre gris de un asno.

Tardó solo veinte días en llegar andando hasta Brest. Una vez allí, se instalo en el puerto a la espera de encontrar la manera de llegar a su nuevo destino, aquella isla de sol y magia que le esperaba en medio del océano. Una noche, andando por el malecón mostrando su atlas a todos los marineros que encontraba a su paso por saber si había algún barco en el puerto con destino a aquella diminuta mancha en medio del azul del mar, un viejo pescador le dijo:

-Te llamas Sirena, ¿verdad?

De nuevo no podía recordar aquella mirada.

-Perdona que sepa reconocerte -respondió- pero mi alma anda un poco bizca por culpa de una pena que hace tiempo que me acompaña. ¿Te cacé alguna pena en París?

El viejo sonrió.

-Efectivamente eres Sirena- dijo. No puedes reconocerme, pues no me conoces. Nunca antes habíamos hablado. Pero cierta vez oí contar una historia acerca de una muchacha de pelo largo y ojos claros, delgada como la línea del horizonte y de andar tranquilo como el mar después de las tormentas del verano. Decían de ti que cazabas penas y las metías en una jaula que colgaba de tu mochila. Decían que alegrabas las almas tristes y que tu sonrisa iluminaba más que el sol del verano. Un viejo capitán inglés me contó que dejo en Abdiján con su pena encerrada en tu jaula. Que desde que te conoció, la tristeza por la muerte de su mujer se convirtió en gratitud por el tiempo que pudo compartir con ella. Que le ayudaste a comprender que solo muere a quién olvidamos.

-¡Recuerdo a ese capitán!- exclamó Sirena. Fue muy bueno conmigo. Sabes, ya no puedo cazar penas.

-Yo no quiero que me caces ninguna pena - respondió el pescador. ¿Y porque no puedes cazar penas?

-Porque tengo miedo- respondió Sirena. ¿Tu sabes de donde viene el miedo?

-Una vez oí, se oyen tantas cosas en las noches de niebla cuando el alma busca el puerto para regresar, que el miedo vive en el fondo del mar. Cuando nacemos, el dios de la fuerza escribe nuestro nombre en una piedra y la arroja desde el cielo con fuerza al mar. Esta piedra con nuestro nombre, movida por las corrientes, va a parar al fondo del mar, junto a las piedras con el nombre de todas las personas que viven a nuestro alrededor. Pasa a formar parte de un collar de almas prendido del hilo de la confianza. El fondo del mar está lleno de collares de almas. Cuando morimos, la piedra que llevaba nuestro nombre, se convierte entonces en luz, y algunas veces esa luz ilumina todo el collar al que pertenecía. Cuanto mayor ha sido nuestro amor, nuestra bondad, nuestro cuidado con las personas que nos rodean, más tiempo ilumina la luz de la piedra que llevaba nuestro nombre el collar que la prendía. A mi mismo, en dos ocasiones, pescando de noche, la luz de algún collar de almas me ha salvado de naufragar avisándome de alguna roca traidora.
Pero en el mar, en la parte más profunda y oscura, vive una inmensa serpiente, O’Hambley, que viene a querer decir algo así como a quien molesta la luz. La serpiente es casi ciega, y casi nunca sale del fondo oscuro. Para alimentarse, mueve su cuerpo con una fuerza increíble, generando una corriente de agua que va hacia ella. Evidentemente, el dios de la fuerza solo lanza piedras al fondo del mar cuando O’Hambley duerme, si no jamás lograrían alcanzar el collar de almas al que pasan a formar parte. Cuando perdemos la fe en nosotros mismos, cuando dejamos de creer en quienes nos rodean, cuando sustituimos el amor por egoísmo, el perdón por la venganza, la generosidad por la envidia, cuando nuestra mirada se tiñe de odio, el sedimento que poco a poco se había ido formando entre la piedra que lleva nuestro nombre y las que tenemos alrededor se va diluyendo y notamos cada vez más la fuerza de la corriente de O’Hambley. Y eso es el miedo. La posibilidad de que nos trague la inmensa serpiente y al morir nuestra luz resulte invisible para quienes nos han querido, que resulte estéril nuestra existencia para los demás. Sé que pronto, muy pronto, mi piedra habrá de iluminar el fondo oscuro con mucha intensidad. - Dijo el pescador sonriendo.

-Espero que la piedra que lleva mi nombre siga todavía prendida a su collar de almas. Espero volver a cazar penas algún día y que mi luz ilumine otras miradas. ¿Puedo hacerte otra pregunta?

-Si la puedo responder…

-¿Conoces alguna playa de arena negra habitada por gaviotas que hablan y que juegan a saltar sobre las nubes?

-¿Gaviotas que hablan? Mmmmm, no, nunca he oído hablar de gaviotas que hablan.

-¿Y de playas de arena negra? - insistió Sirena.

-Bueno, una vez conocí a un pescador de caracolas. Pescaba caracolas en las que guardaba el murmullo del mar y el olor de la sal. Me dijo que las mejores caracolas que jamás había pescado las encontró en una isla de arena negra y rocas color carbón.

-¿Y tú sabes como puedo llegar a esa isla?

-No, no lo sé. ¿Es tan importante que llegues allí?

-Creo -respondió Sirena- que esas gaviotas saben como lograr que la corriente de O’Hambley no arrastre el sedimento que me une a mi collar de perlas.

-Pues entonces sí que es importante. Seguro que encontraremos la manera de que puedas llegar allí.

Continuará….
© Lluís Villar García

Desafortunadamente no habrá continuación ya que su autor, mi queridísimo amigo/hermano, se nos fue hacia las estrellas en un aciago 31 de Diciembre.